Eran las diez y media de la mañana la primera vez que vi al viejo Matias desayunando junto a sus acuarelas en el macdonlads de esa esquina que hoy ya no recuerdo.
Mientras yo intentaba terminar mi imperialista café, me preguntaba por que la practicidad norteamericana no se podía aplicar en la cantidad de mis pancitos de queso. Tan solo dos pedacitos, mesquinos y angurrientos casi imperceptibles que se esfuman junto al primer sorbo de esa infusión de grano molido.
El viejo coloreaba unos dibujos ya impresos por alguna pedagógica editorial que intentaba llegar a la humanidad a través de un arte a medio hacer para que algún querido Matias sienta la felicidad que produce ser parte ese cuaderno. Pero él acababa rápidamente su tarea y ponía, luego, sobre la mesa unas hojas , ahora, en blanco que luego se llenarían de un color capaz de ser acorralado por unas lineas de un lápiz más pensante.
Un poco de algún extranjero rock cuya letra no entendía, protegía mis oídos de la contaminación sonora. Afuera de mí, las bocinas y motores de los desesperados con alma naufragante y ojos empañados sonaban como tormentas mientras mi estomago digería con gran esfuerzo la chatarra de la mañana y mis piernas libres e intuitivas como un animal de selva me llevaban por entres los semáforos saltando y esquivando la mugre, la gente, y algunos autos que aparecían de entre el caos y la nada con una descoordinación que parecía coreografiada.
Mi mente cautiva. Ensimismada como una nuez expectante y especulativa, relajada pero pensativa. ¿Como haría yo? Un novato en la vida. Sobrevivir en la gran ciudad. Mi ciudad. que todavía no conocía. Ella tampoco me conocía. Ni cualquier otra gran ciudad del mundo a las que no pertenecía pero que tal vez me encontrarían algunos años mas tarde y nos enamoraríamos como dos vírgenes sin ropa. El hombre y la gran ciudad. ¿Dependencia? ¿Independencia? Libre o atrapado inmerso o alejado, expuesto o desapersivido estaría yo en un futuro no muy lejano. Una verdad que no me aterraba pero me hacía reflexionar como nunca.
Ya Matías giraba por alguna otra parte de la ciudad con sus trozos de arte en su morral de hilo marrón fabricado en algún pueblo andino por un artesano que habrá conocido en uno de sus viajes de mochilero. Cuando era joven y todavía las rodillas, que pretendían durar para siempre, lo llevaban a caminar por los pueblos norteños esas calurosas tardes de Enero: Uno de sus más deseados espacios de reflexión, anhelados durante todo el invierno mientras se ganaba la vida retratando a turistas en alguna plaza típica.
En cualquier otro momento de mi corta vida: La espera, el sofocamiento, el ruido y el calor de los subtes, podrían haberme generado muchas menos molestias pero en esos días, las circunstancias por las que atravesaba eran de gran innovación y el instinto de supervivencia me obligaba a desarrollar mis sentidos y estar expuesto a ese mundo que empezaba a conocer. La ciudad. Buenos aires, mi cultura y mi sangre.
Mas tarde llegué a mi destino, nunca más volví a imaginar sobre el viejo Matias, ahora era el turno de empezar a escribir mi propia historia.
Mientras yo intentaba terminar mi imperialista café, me preguntaba por que la practicidad norteamericana no se podía aplicar en la cantidad de mis pancitos de queso. Tan solo dos pedacitos, mesquinos y angurrientos casi imperceptibles que se esfuman junto al primer sorbo de esa infusión de grano molido.
El viejo coloreaba unos dibujos ya impresos por alguna pedagógica editorial que intentaba llegar a la humanidad a través de un arte a medio hacer para que algún querido Matias sienta la felicidad que produce ser parte ese cuaderno. Pero él acababa rápidamente su tarea y ponía, luego, sobre la mesa unas hojas , ahora, en blanco que luego se llenarían de un color capaz de ser acorralado por unas lineas de un lápiz más pensante.
Un poco de algún extranjero rock cuya letra no entendía, protegía mis oídos de la contaminación sonora. Afuera de mí, las bocinas y motores de los desesperados con alma naufragante y ojos empañados sonaban como tormentas mientras mi estomago digería con gran esfuerzo la chatarra de la mañana y mis piernas libres e intuitivas como un animal de selva me llevaban por entres los semáforos saltando y esquivando la mugre, la gente, y algunos autos que aparecían de entre el caos y la nada con una descoordinación que parecía coreografiada.
Mi mente cautiva. Ensimismada como una nuez expectante y especulativa, relajada pero pensativa. ¿Como haría yo? Un novato en la vida. Sobrevivir en la gran ciudad. Mi ciudad. que todavía no conocía. Ella tampoco me conocía. Ni cualquier otra gran ciudad del mundo a las que no pertenecía pero que tal vez me encontrarían algunos años mas tarde y nos enamoraríamos como dos vírgenes sin ropa. El hombre y la gran ciudad. ¿Dependencia? ¿Independencia? Libre o atrapado inmerso o alejado, expuesto o desapersivido estaría yo en un futuro no muy lejano. Una verdad que no me aterraba pero me hacía reflexionar como nunca.
Ya Matías giraba por alguna otra parte de la ciudad con sus trozos de arte en su morral de hilo marrón fabricado en algún pueblo andino por un artesano que habrá conocido en uno de sus viajes de mochilero. Cuando era joven y todavía las rodillas, que pretendían durar para siempre, lo llevaban a caminar por los pueblos norteños esas calurosas tardes de Enero: Uno de sus más deseados espacios de reflexión, anhelados durante todo el invierno mientras se ganaba la vida retratando a turistas en alguna plaza típica.
En cualquier otro momento de mi corta vida: La espera, el sofocamiento, el ruido y el calor de los subtes, podrían haberme generado muchas menos molestias pero en esos días, las circunstancias por las que atravesaba eran de gran innovación y el instinto de supervivencia me obligaba a desarrollar mis sentidos y estar expuesto a ese mundo que empezaba a conocer. La ciudad. Buenos aires, mi cultura y mi sangre.
Mas tarde llegué a mi destino, nunca más volví a imaginar sobre el viejo Matias, ahora era el turno de empezar a escribir mi propia historia.
Muy bueno, me gusto, tiene frases muy atractivas.
ReplyDelete